6. DEFENDERSE DEL ESTRÉS

 

Lo primero que queremos dejar claro es que no se puede escapar de todas las situaciones estresantes que nos encontramos en nuestra vida ni prevenir plenamente nuestra respuesta innata a las amenazas. Lo que sí podemos conseguir es aprender a hacer frente a nuestras reacciones corrientes ante el estrés.

Las situaciones de estrés que duran poco y no son frecuentes representan un mínimo riesgo. Cuando éstas continúan sin resolverse, el cuerpo permanece en un estado constante de activación que repercute en la tasa de desgaste de los sistemas biológicos y la habilidad del cuerpo para sobreponerse y defenderse se puede ver seriamente comprometida. Todo ello origina un aumento de riesgo de enfermedad.

Lo que intentamos conseguir con esta unidad es reducir los síntomas que pueden producir el estrés, empleando para ello técnicas de relajación y de reducción del mismo. Empezaremos con la realización de la siguiente actividad. En ella se propone que hagas el siguiente test:  "Inventario de Experiencias Recientes", elaborado por el doctor Thomas Holmes, de la escuela de Medicina de la Universidad de Washington en Seattle. Con él, puedes medir tu grado de estrés producido en el último año (Técnicas de autocontrol emocional. Martha Davis, Matthew McKay, Elizaberth R. Eshelman. Ediciones Martínez Roca, 1985).

 

Realiza la siguiente actividad para continuar con la unidad

 


ACTIVIDAD 35. Mi nivel de estrés.

Lee cuidadosamente cada uno de los cambios que se describen y piensa si se han producido en tu vida durante este último año. Fíjate en que lo importante es si hay cambios (¡por más o por menos!). A continuación, señala en el espacio indicado el número de veces que cada uno de los acontecimientos que se describen se ha producido en los últimos dos años.

Pulsa aquí para realizar la actividad

 

 

 

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  Una vez que interpretamos los estímulos que recibimos como amenazantes, son los centros de regulación del organismo los que deciden cómo actuar ante ellos, enfrentándose o escapando de la amenaza. De ahí la importancia de cómo valoramos esos estímulos, pues es decisivo para desencadenar, intensificar o atenuar el estrés. 

 

 

 

 

 

 


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